March 26, 2016 Blog 0
Ban Ki Moon

Ban Ki Moon

El 1 de enero de 2007 debutó al frente de la Secretaría General de la ONU quien fuera ministro de Asuntos Exteriores de Corea del Sur desde 2004 a octubre de 2006, cuando fue propuesto para el cargo por el Consejo de Seguridad y elegido por la Asamblea General. Hombre con fama de conciliador y tesonero, Ban, de 62 años, es un diplomático de carrera que ha dedicado más de la mitad de su vida al servicio de la política exterior de su país, adquiriendo una sólida experiencia en las relaciones con Estados Unidos y Corea del Norte, siempre, y más ahora que nunca, marcadas por las amenazas a la paz y la seguridad con un trasfondo nuclear. Las metas del sucesor de Kofi Annan se resumen en la devolución de la credibilidad de una organización cuestionada por los casos de corrupción y la inoperancia frente a crisis del calibre de Irak, Palestina y Darfur.

Biografía

1. Un funcionario al servicio de las relaciones exteriores de Corea del Sur
2. Asesor presidencial y ministro de Asuntos Exteriores
3. Elección como secretario general de la ONU

1. Un funcionario al servicio de las relaciones exteriores de Corea del Sur
Primogénito de seis hermanos, nació y creció en un entorno rural en la arruinada Corea de la época, tras décadas de ocupación colonial japonesa a las que se sumaron tres años de sangrienta contienda contra el Estado coreano comunista establecido al norte del paralelo 38 como resultado de la división de la península en 1945 por soviéticos y estadounidenses, el cual invadió la República sureña en 1950. La familia vivió con una cierta opulencia hasta que el negocio de mercaderías que regentaba el padre entró en bancarrota, lo que no impidió al mayor de los hijos recibir una excelente formación. En 1962, siendo alumno de secundaria en la Escuela Superior de Chungju, Ban conoció en Washington al presidente John Kennedy como miembro de una representación de estudiantes surcoreanos recibida en la Casa Blanca en el marco de un programa de intercambio patrocinado por la Cruz Roja Americana.

Ban ha asegurado que esta experiencia personal con el presidente de Estados Unidos, a la que tuvo acceso tras ganar un examen de oratoria, le inspiró el deseo de realizar la carrera de diplomático al servicio de su país. En cuanto a su familiaridad con las Naciones Unidas, se remonta a nada menos que a los 12 años, en 1956, cuando fue escogido por sus compañeros de clase para dirigir una carta al entonces secretario general de la Organización, el sueco Dag Hammarskjöld, en la que los colegiales expresaban su apoyo a la insurrección nacional húngara contra la férula soviética.

Sus excelentes calificaciones escolares y su conocimiento del idioma inglés le abrieron las puertas de la Universidad Nacional de Seúl. En 1970 se diplomó en Relaciones Internacionales y tras superar el preceptivo examen de aptitud fue reclutado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, que le dio su primer destino en la Misión Permanente de Corea del Sur ante la sede central de la ONU en Nueva York, legación que tenía el rango de observadora, ya que la República de Corea, al igual que la República Popular Democrática de Corea, o Corea del Norte, no poseía el estatus de Estado miembro por desacuerdos heredados del Armisticio de Panmunjom de 1953, el cual había puesto fin a la guerra de Corea pero dejado pendiente un tratado de paz entre los países beligerantes. Él, sin embargo, se ofreció voluntario para cubrir la plaza de vicecónsul en Nueva Delhi. En 1971, antes de iniciar su estancia temporal en India, contrajo matrimonio con Yoo Soon Taek, una antigua condiscípula en Chungju con la que iba a tener tres hijos, un varón y dos chicas.

En 1975 regresó a Seúl para incorporarse a la plantilla de la División de Naciones Unidas dentro del Ministerio de Exteriores surcoreano. Su carrera como funcionario diplomático completamente ajeno a la actividad política no se vio afectada por las graves perturbaciones internas del período, cuando las dictaduras cívico-militares de los presidentes Park Chung Hee y Chun Doo Hwan reprimían crudamente el movimiento democrático y perseguían a líderes opositores como el futuro presidente y Premio Nobel de la Paz Kim Dae Jung. Para el bienio 1979-1980, entenebrecido por acontecimientos dramáticos como el asesinato de Park, el golpe de Estado del general Chun y la masacre de los civiles insurrectos en la ciudad de Kwangju, Ban ya había subido en el escalafón y se encontraba fuera del país, en calidad de primer secretario de la Misión Permanente en Nueva York. Esta labor, prolongada durante casi tres años, le cualificó para dirigir la División de Naciones Unidas en el Gobierno de Seúl, función que desempeñó desde diciembre de 1980 hasta febrero de 1983.

En marzo de 1985 Ban fue nombrado secretario jefe de Protocolo adjunto al primer ministro, Lho Shin Yong, con el que ya había trabajado en la década anterior cuando el uno era vicecónsul y el otro cónsul general en la capital de India. Ese mismo año amplió su formación académica con un máster en Administración Pública impartido por la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard. En agosto de 1987 su servicio diplomático se vinculó a Estados Unidos como cónsul general en Washington y luego, a partir de junio de 1990, como director general de la Oficina de Asuntos Americanos del Ministerio de Exteriores.

En febrero de 1992, en el penúltimo año del Gobierno del presidente Roh Tae Woo, continuador democrático del antiguo oficialismo dictatorial, Ban se convirtió en asistente especial del ministro de Exteriores, Lee Sang Ok, y de paso en vicepresidente de la Comisión Conjunta sobre Control Nuclear, órgano de trabajo formado con Corea del Norte a raíz de la firma el 20 de enero anterior de la Declaración sobre la Desnuclearización de la Península Coreana, un documento considerado histórico por las optimistas expectativas que generó en su momento, tras décadas de división nacional y estado de guerra formal, pero que al cabo de pocos años devino papel mojado. Su primera experiencia directa en el manejo, siempre delicado y extenuante, de las enquistadas problemáticas intercoreanas, si bien breve, templó a Ban como un negociador tenaz y perseverante, que consideraba que todo diálogo era poco si se quería reconducir al agresivo e imprevisible régimen norcoreano por la senda pacifista.

En agosto de 1992 regresó a la Embajada surcoreana en Washington como ministro o encargado de misión y en febrero de 1995, rigiendo ya la administración presidencial de Kim Young Sam, fue reclamado para servir de nuevo en el aparato gubernamental del Ministerio de Exteriores. Esta vez le confiaron el cargo de viceministro de Planificación de Políticas y Organizaciones Internacionales, con una agenda centrada en la promoción de la apuesta surcoreana por obtener un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, cuatro años después de ingresar el país en la organización internacional como Estado miembro de pleno derecho, en aspectos del comercio exterior y en los asuntos de la Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC), organización de la que Corea del Sur era socio fundador en 1989. Asimismo, participó en las diversas rondas de conversaciones con Estados Unidos y Japón sobre Corea del Norte.

2. Asesor presidencial y ministro de Asuntos Exteriores
La familiaridad de Ban con los entresijos de las relaciones exteriores de Corea del Sur ganó peso en febrero de 1996 al ser nombrado por el presidente Kim su secretario de Protocolo y a continuación, en noviembre del mismo año, su asesor principal de Seguridad Nacional, cargo éste en el que reemplazó a Yoo Chong Ha, nuevo ministro de Exteriores. El cambio de Ejecutivo en febrero de 1998, cuando el líder opositor Kim Dae Jung, vencedor en las elecciones de finales del año anterior, asumió la Presidencia resuelto a involucrarse a fondo en la negociación de un marco de paz con el dictador norcoreano Kim Jong Il y así posibilitar la reunificación de la península, se tradujo para Ban en un descenso de categoría profesional, regresando a la condición de diplomático de segunda fila, aunque no por mucho tiempo.

En mayo de 1998 recibió las credenciales como embajador de Corea del Sur en Austria y Eslovenia, tras lo cual pasó a realizar en Viena una labor consular que no fue anodina porque como representante de su país ante la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) resultó designado presidente de la Comisión Preparatoria de la Organización del Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBTO). De nuevo, Ban se vio implicado en los esfuerzos para desnuclearizar las relaciones entre los estados.

Las cualidades de Ban debieron de ser tenidas en cuenta por Kim, que en enero de 2000 le trajo de vuelta a Seúl para entregarle la cartera de viceministro segundo de Asuntos Exteriores y Comercio, teniendo como inmediato superior a Lee Joung Binn. En este capítulo de su servicio al país, Ban tuvo como cometido destacado dar cuenta a los gobiernos de las cuatro potencias concernidas en la cuestión intercoreana, Estados Unidos, China, Japón y Rusia, de los resultados que iban generando la sunshine policy de Kim con respecto a Corea del Norte y en particular la histórica cumbre sostenida con su tocayo marxista en Pyongyang, en junio de 2000.

El 1 de abril de 2001 Ban fue cesado como viceministro de Exteriores y sustituido por Choi Sung Hong, hasta entonces embajador en Londres. Kim desoyó la recomendación de continuidad en el cargo de Ban que le hizo el nuevo titular del Ministerio, Han Seung Soo, y su decisión al parecer estuvo motivada por un error técnico cometido por Ban en febrero anterior, cuando el personal a su cargo pasó por alto una cláusula en el borrador de la declaración preparada para ser firmada por Kim y su colega ruso, Vladímir Putin, en el curso de la visita realizada por el segundo a Seúl, en la que los dos países expresaban la necesidad de preservar y fortalecer el Tratado de Antimisiles Balísticos (ABM), el cual estaba siendo impugnado por la nueva Administración republicana de George W. Bush en Estados Unidos porque estorbaba a su programa de Defensa Nacional Antimisiles (NMD). Luego, a comienzos de marzo, Kim, preocupado por el impacto negativo en las cruciales relaciones con Estados Unidos, había tenido que disculparse personalmente ante Bush en Washington por la inclusión de aquella cláusula. A últimos de mes, Kim prescindió del ministro Lee Joung Binn, pero la remoción del viceministro días después resultó inesperada.

Fuentes de la prensa del país asiático aseguran que Ban, sujeto al típico sentido del honor oriental, se sintió profundamente avergonzado y humillado por este despido, que le dejó sin ocupación definida. Sin embargo, el ministro Han no tardó en alistarle en el equipo diplomático adjunto a la Asamblea General de la ONU, cuya presidencia temporal recaía este año en Corea del Sur. El 12 de septiembre de 2001, en pleno estado de crisis por los atentados cometidos en la víspera por Al Qaeda en Nueva York y Washington, arrancó la 56ª Sesión Ordinaria de la Asamblea General bajo la presidencia de Han y con Ban asistiéndole como su jefe de gabinete. Desde esta posición instrumental, Ban participó en la implementación de una rápida resolución de condena de los ataques terroristas.

La llegada el 25 de febrero de 2003 a la jefatura del Estado de Roh Moo Hyun, candidato del gobernante Partido Democrático del Milenio (PDM) y vencedor en las elecciones presidenciales del 19 de diciembre, sacó a Ban de esta especie de penumbra profesional, que parecía impropia de un servidor con su experiencia. El nuevo presidente nombró al veterano funcionario asesor personal de Política Exterior, un cometido de confianza pero sin responsabilidad política que preludió el salto al puesto cimero que llevaba tantos años esquivándole, el ministerio de Asuntos Exteriores y Comercio. La ocasión se planteó el 15 de enero de 2004, cuando el titular Yoon Young Kwan presentó la dimisión a rebufo de unas críticas internas a su gestión, tachada de excesivamente proestadounidense.

Al día siguiente, 16 de enero, Roh entregó la cartera a Ban, con la misión, según los observadores, de corregir las fisuras abiertas en las relaciones con Estados Unidos debido a la línea no transigente de Bush frente a Corea del Norte, que había vuelto a las andadas de los desafíos y las provocaciones en el terreno nuclear, y su escasa fe en el éxito de la sunshine policy, rebautizada por Roh como política de paz y prosperidad, y ahora mismo sumida en la más completa incertidumbre precisamente por el regreso de la retórica belicista de Pyongyang. Ban estaba considerado un pragmático y un conciliador capaz de acercar a las tendencias aliancista e independentista formadas en el Ministerio en relación con Estados Unidos, potencia que desde el Armisticio de 1953 tiene asumidas responsabilidades en la seguridad de Corea del Sur a través de los 37.000 soldados estacionados en el país y de su paraguas nuclear.

El segundo enfoque casaba bien con el sentir nacionalista y pacifista en auge en la opinión pública surcoreana, y no chirriaba tampoco con las relaciones bilaterales más equitativas y equilibradas que preconizaba Roh. Para el presidente, que acababa de decidir el envío a Irak de más de 3.000 soldados para complacer a la Casa Blanca, el perfil de Ban, considerado un diplomático de la escuela de Washington pero que al mismo tiempo hacía buenas migas con oficiales del núcleo nacionalista del Ejecutivo, era idóneo para la circunstancia.

El ejercicio ministerial de Ban duró cerca de tres años y estuvo preñado de dificultades. El agravamiento de la escalada nuclear y los lanzamientos de misiles balísticos sobre el mar por Corea del Norte determinaron un balance infructuoso, más allá de algunos avances concretos que fueron casi inmediatamente anulados por las retractaciones y las acciones unilaterales del errático régimen de Pyongyang -más interesado en negociar de manera bilateral con Washington para librarse de las sanciones económicas-, de las conversaciones sexpartitas que reunieron en Beijing a ambas Coreas, Estados Unidos, China, Japón y Rusia. Esta mesa de diálogo a seis bandas surgió para intentar hallar una solución al conflicto de seguridad creado en 2003 por Corea del Norte al abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear y confirmar su objetivo de dotarse de armas atómicas.

Aunque no participó personalmente en estas reuniones (las rondas segunda y tercera, las dos fases de la cuarta ronda y la primera fase de la quinta, entre febrero de 2004 y noviembre de 2005), ya que allí acudían representantes no máximos de los respectivos ministerios de Exteriores, Ban tuvo una presencia indirecta en las mismas como el responsable de transmitir las instrucciones al interlocutor surcoreano, el viceministro Lee Soo Hyuk, al que luego tomó el relevo el viceministro Song Min Soon, y de comunicar los resultados al presidente Roh, así como el responsable de preparar las sucesivas rondas con el concurso de las demás partes.

Por otro lado, Ban supervisó el diálogo específicamente intercoreano, tanto o más agónico que el multilateral de Beijing -los encuentros con su homólogo del Norte, Paek Nam Sun, en julio en 2004 en Yakarta, julio de 2005 en Vientiane y julio de 2006 en Kuala Lumpur, aprovechando siempre el marco del Foro Regional de la ASEAN, no generaron grandes titulares-, y sobrellevó las relaciones con Japón, tensionadas por la publicación en el país vecino de unos manuales de historia para escolares en los que se relativizaba las atrocidades cometidas por el Ejército imperial japonés en la pasada guerra, y por las visitas periódicas del primer ministro Junichiro Koizumi a un santuario shintoísta donde se honra a destacados criminales de guerra. Fue Ban el encargado de transmitir el enfado del Gobierno surcoreano por estas peregrinaciones al embajador japonés en Seúl, al que en octubre de 2005 convocó a su despacho para que diera las oportunas explicaciones. Como ministro de Exteriores, Ban participó en las cumbres anuales de la APEC y de la ASEAN+3, y preparó los viajes de Roh al exterior. Debido a los avatares de la política doméstica, sirvió con cinco primeros ministros, dos de ellos en funciones.

3. Elección como secretario general de la ONU
Pero a Ban le rondaba el sueño de la Secretaría General de la ONU, que el primero de enero de 2007 desocupaba el ghanés Kofi Annan a la conclusión del segundo de sus dos mandatos de cinco años. De acuerdo con una convención no escrita, el cargo debía ser ocupado por una personalidad cualificada con experiencia internacional y perteneciente a un país que no fuera una gran potencia ni tuviera asiento permanente en el Consejo de Seguridad. También, se trataba de ir rotando la procedencia continental del titular, y esta vez existía un cierto consenso sobre que le tocaba a Asia. El primer y último secretario general asiático había sido el birmano U Thant, entre 1961 y 1971.

El 14 de febrero de 2006, precedido por varios comentarios no explícitos, el Ministerio de Exteriores surcoreano anunció, por boca del viceministro Yu Myung Hwan, que Ban, con 61 años, era aspirante a ocupar un puesto que era el más importante y prestigioso de todos los relacionados con la función pública internacional, pero al que se llegaba por un procedimiento poco democrático y oscuro, siendo básicamente una designación pactada fuera de foco por los estados miembros y en la que la opinión de los cinco grandes del Consejo de Seguridad, con su derecho de veto, era decisiva.

De acuerdo con la Carta de las Naciones Unidas, las funciones del secretario general incluyen el nombramiento del personal administrativo, la presentación de un informe anual sobre la actividad de su organización y la puesta en conocimiento del Consejo de Seguridad de cualquier asunto que pueda alterar la paz y la seguridad internacionales. Carente de poder vinculante, del secretario general se espera una autoridad moral y un dinamismo diplomático capaces de modificar las políticas de los gobiernos en un sentido acorde con el derecho internacional emanado de la ONU y en el interés de los pueblos y de la comunidad internacional en su conjunto, aunque crisis actuales como las de Darfur en Sudán, Irak, Líbano o Palestina, ensombreciendo la recta final del mandato de Annan, ponían dramáticamente en evidencia las limitaciones que afectaban al mal llamado jefe de la ONU.

Además del diplomático surcoreano presentaron su postulación para el puesto otras seis personalidades: el indio Shashi Tharoor, subsecretario general de la ONU para la Comunicación y la Información Pública; Surakiart Sathirathai, viceprimer ministro de Tailandia; Ashraf Ghani, ex ministro de Finanzas de Afganistán y rector de la Universidad de Kabul; el antiguo diplomático y subsecretario general Jayantha Dhanapala, de Sri Lanka; el príncipe Zeid al-Hussein de Jordania, representante permanente de su país en ONU; y la presidenta en ejercicio de Letonia, Vaira Vike-Freiberga. Ninguno de ellos cuestionó la condición de favorito de Ban, que desde el principio contó con el apoyo mayoritario de los miembros del Consejo de Seguridad. El proceso de selección comenzó el 24 de julio con una votación preliminar en la que Ban resultó ganador, siendo entonces sus contrincantes únicamente Tharoor, Sathirathai y Dhanapala. Lo mismo sucedió en otras tres votaciones informales y secretas celebradas el 14 de septiembre, el 28 de septiembre y el 2 de octubre, en la última de las cuales el surcoreano obtuvo 14 votos favorables con una no opinión o abstención. Los demás candidatos recibieron el voto en contra de al menos un miembro permanente, es decir, un veto.

Tras la votación del 2 de octubre, el indio Tharoor, que había quedado el segundo en todos los escrutinios, retiró su candidatura, dejando todo listo para que el 9 de octubre el Consejo de Seguridad aprobara a Ban por unanimidad y, mediante la resolución 1.715, transmitiera a la Asamblea General la recomendación de su nombramiento como secretario general para el período comprendido entre el 1 de enero de 2007 y el 31 de diciembre de 2011.

Ese mismo día, Corea del Norte, materializando la amenaza lanzada días atrás, realizó una prueba nuclear subterránea, con el consiguiente revuelo internacional. De hecho, el Consejo de Seguridad se reunió en sesión de emergencia y empezó a debatir una resolución de condena a Corea del Norte -que iba a incluir un paquete de sanciones- nada más tramitar la designación de Ban. Para quien no creía en las casualidades, la sucesión de ambos acontecimientos con escasas horas de diferencia revestía un profundo simbolismo: el diplomático que venía trabajando por la paz y la seguridad en la península coreana desde un puesto gubernamental, se encaramaba a la ONU en el preciso momento en que años de esfuerzos negociadores, muchas veces trufados de posibilismo y condescendencia, eran arruinados por la insensatez del régimen de Pyongyang.

El sistema internacional que Ban se disponía a monitorizar acababa de ganar un grado de inseguridad e incertidumbre. Sin embargo, él se mostraba animado. Así, afirmó que durante su mandato abordaría directamente la crisis nuclear norcoreana y, si podía, visitaría Pyongyang para persuadir a Kim Jong Il de que abandonara los envites belicistas y retomara la vía del diálogo. Dado que tengo un mayor conocimiento y experiencia sobre las relaciones intercoreanas, incluida Corea del Norte, creo que estaré en una mejor posición [que Annan] para abordar este asunto como secretario general, manifestó.

El 13 de octubre la Asamblea General cumplió el trámite de nombrar a Ban por aclamación de sus 192 miembros y al día siguiente el surcoreano prestó juramento ante la Asamblea como el octavo secretario general desde 1946. En su discurso inaugural, Ban rindió tributo a su predecesor y expuso un abanico de intenciones. Aseguró que una de sus tareas principales iba a ser insuflar nueva vida e inyectar renovada confianza en la oficina que pasaba a su cargo, y que él y el personal bajo su jurisdicción iban a guiarse por los más altos niveles de eficiencia, competencia e integridad. El acento puesto por Ban en el cumplimiento de unos elevados estándares éticos y en la necesidad de restaurar la confianza en la Organización era obligado tras el reguero de imputaciones de fraude y corrupción realizadas en los últimos tiempos contra ramas enteras del organigrama de la ONU, siendo especialmente escandaloso el caso de las malversaciones millonarias de los fondos del programa humanitario Petróleo por Alimentos, destinado a Irak. El 1 de noviembre Ban se dio de baja en el Gobierno de Corea del Sur, siendo sustituido por el hasta entonces número dos del Ministerio de Exteriores, Song Min Soon.

La elección del tímido y modesto Ban no despertó entusiasmos ni grandes expectativas en la opinión pública internacional. Aunque respetado por su competencia profesional y su talante conciliador (él mismo se definió como armonizador, equilibrador y mediador), el ya ex ministro de Exteriores tendía a ser visto como un burócrata de la diplomacia gris, rígido y sin carisma, cuya aversión al disenso y su insistencia en la apertura de puentes de diálogo entre los gobiernos podían ser interpretados como una propensión a plegarse dócilmente al criterio de las potencias y a ofrecer fórmulas operativas con un mínimo común denominador o vacías de sustancia. De los representantes gubernamentales y los altos funcionarios de la ONU, empero, no salieron declaraciones de escepticismo y sí muchas alabanzas. Annan, en particular, saludó a su sucesor como un hombre excepcionalmente ajustado a las sensibilidades de países de todos los continentes y dotado de una mentalidad verdaderamente global.

Algunos comentaristas se preguntaron si Ban se dejaría manipular por los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, en especial por Estados Unidos, que ya había deslizado su expectativa de que el nuevo secretario general se concentrase en la reforma interna y renunciase al activismo internacional, y si su perfil era el más adecuado para despachar con energía una agenda llena de urgencias, como podían ser la reforma administrativa de la Organización, la amenaza de la proliferación nuclear –terreno en el que sí podía decirse que era perito-, el caos de violencia que atenazaba Oriente Próximo, la negativa del Gobierno sudanés a permitir el despliegue de una operación de cascos azules en la región de Darfur y las metas sanitarias, medioambientales y de desarrollo humano definidas por los Objetivos de Desarrollo del Milenio, cuyo cumplimiento en 2015, a sólo ocho años vista, rayaba en lo quimérico.

Otros analistas pusieron de relieve aspectos de la personalidad de Ban como el tesón, la paciencia y una laboriosidad silenciosa que podrían producir unos resultados iguales o superiores a los conseguidos por un secretario general más vehemente y mediático. Éste era un perfil aplicable a Annan, quien había terminado teniendo unas pésimas relaciones con el Gobierno estadounidense. Otro motivo de controversia, y no baladí, fue en relación con la poliglotía de Ban: según su currículum, dominaba el inglés y el francés, pero periodistas francófonos que le habían tratado pusieron en duda su pericia con el segundo idioma.

Ban Ki Moon está en posesión de la Orden del Mérito al Servicio del Gobierno de Corea del Sur (por triplicado, en 1975, 1986 y 2006), la Gran Condecoración al Honor de la República de Austria (2001), la Orden de Río Branco en grado de Gran Cruz de la República de Brasil (2002), la Medalla de la Orden Nacional del Mérito de la República de Argelia (2006) y la Medalla Conmemorativa del Héroe de la Libertad de la República de Hungría (2006). Asimismo, la organización con sede en Nueva York Korea Society le otorgó en 2004 el Premio James A. Van Fleet por sus contribuciones a la amistad entre Estados Unidos y la República de Corea.